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Metales tóxicos en los empastes – Entrevista a Daniel Nelson De Feo Nara

Las amalgamas o empastes metálicos incorporan diversos metales y el más tóxico para nuestra salud es el mercurio. Es un metal muy inestable, que se libera en forma de gas a temperatura corporal y esto se agrava cuando ingerimos bebidas y comida alientes o friccionamos alimentos, chicles y cuando apretamos o rechinamos los dientes.

Daniel Nelson de Feo lleva años demostrando, desde su clínica en las Rozas, que se puede integrar tradición e innovación en la medicina que práctica, la odontología, a la que aporta una especial sensibilidad a la vez que un espíritu crítico para discernir lo que es avance de lo que no lo es dentro de esta nueva medicina que entre todos los implicados, pacientes y médicos, debemos construir.

Siempre es gratificante conocer a los representantes de la vanguardia en cualquier ámbito en el que se manifieste, y más si es en el complejo mundo de la salud, donde los nuevos paradigmas deben de luchar con los intereses y el inmovilismo de los lobbys de la medicina oficial.

¿Cuál es la diferencia entre la odontología integral que usted practica y la odontología ambiental que usted expuso en el último congreso de Medicina ambiental en Madrid?

Como en el terreno de las etiquetas nos podemos perder, hemos de considerar que la odontología integral, como su nombre lo indica debe relacionar los diferentes enfoques que nos ofrecen las distintas áreas del conocimiento en su globalidad y aplicarlas en la práctica cotidiana, más en la integración que en lo alternativo.

Alejándonos de posturas que nos piden defender terrenos acotados. Esta integración se nutre de nuevas y tradicionales respuestas para tratar los desórdenes de nuestro estado de salud. En los últimos años hemos sido expuestos a innumerables químicos, de los aproximadamente 100.000 químicos que se están utilizando en la UE actualmente, sólo se han sometido a estudio el 10%, y de esos 10.000 se consideran tóxicos unos 8.000.

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De los muchos elementos a los que estamos expuestos, el más dañino después de los radioactivos es el mercurio, ampliamente utilizado en odontología. Otro gran grupo de manifiesta toxicidad es el de los disruptores endocrinos, que se comportan en nuestro organismo como hormonas (estrógenos) desequilibrando nuestro sistema endocrino (hormonal). Debemos nombrar también a los organoclorados, organofosforados, organobromados y un sinfín de productos derivados de los Halógenos con diferentes aplicaciones tan variadas como pesticidas, retardadores de las llamas, bisfenoles para modelar plásticos, aditivos en fibra textil, aditivos en electrónica y un largo etcétera.

La consecuencia del uso de toda esta artillería de sustancias químicas sobrepasa su finalidad inicial, digamos que bien intencionada mayoritariamente, pero con efectos indeseados. Tan indeseados como nuevas enfermedades de difícil diagnóstico por desconocimiento de su existencia. Por citar a algunas de ellas: la fibromialgia, el síndrome de fatiga crónica, la sensibilidad química múltiple, distintos tipos de cáncer, intoxicaciones por mercurio y por distintos metales generadores de alergias y sensibilidades.

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Para dar respuesta a estas nuevas enfermedades o reacciones se desarrolla la Medicina Ambiental y, como extensión de ésta, la Odontología Ambiental. La Odontología Ambiental estudia los efectos de los materiales dentales que se han reconocido como tóxicos y desarrolla protocolos para la eliminación segura de estos elementos de la boca del paciente. El paso siguiente, que es la remoción de estas sustancias del resto de organismo, es llevado a cabo por médicos que escogen distintos tratamientos y estrategias para intentar restablecer la salud.

Por lo tanto, la Odontología Ambiental no puede estar apartada ni diferenciada de la Odontología integral, Holística, Natural o como queramos llamar a la expresión más avanzada de la gestión de la información que nos aportan las diferentes vías de conocimiento del arte dental en la proyección del estado de la salud general de nuestros pacientes.

¿Si como dicen toda la Comunidad científica está de acuerdo en la toxicidad del mercurio porque no se prohíbe definitivamente su uso en las amalgamas?

La comunidad científica reconoce desde hace mucho tiempo al mercurio como un potente neurotóxico. El mercurio es uno de los contaminantes que mayor amenaza supone para el planeta y para nuestra salud, es el elemento más tóxico después de los radioactivos. El programa de las Naciones unidas para el medio ambiente ha emitido el documento «Evaluación mundial sobre el mercurio» en español, en junio de 2005 en el cual se evalúan los riesgos y peligros tanto para la salud humana como para el medio ambiente. Circula entre el aire, el agua, los sedimentos, el suelo y todo el ecosistema y se resalta que el mercurio además de encontrarse actualmente en diversos medios, se encuentra en los alimentos, especialmente en el pescado en todas partes del mundo, a niveles que afectan adversamente a los seres humanos y a la vida silvestre.

Hasta hace pocos años su uso estaba muy extendido, por sus propiedades antisépticas (recordad nuestras heridas infantiles teñida de rojo por la Mercromina), como conservador de vacunas, en los termómetros y en la amalgamas dentales.

Su presencia en los «empastes metálicos» es del 50%, junto con la plata, el estaño, el cobre y el zinc. Se creía que al amalgamarse con los otros metales se neutralizaba su efecto tóxico. No se neutralizaba, se reducía y mucho, pero no se contaba con medios de medición que definiesen su toxicidad a través de la evaporación permanente que se produce en la boca.

El mercurio es un metal muy inestable, que se libera en forma de gas a temperatura corporal y esto se agrava cuando ingerimos bebidas y comida calientes o friccionamos alimentos, chicles y cuando pretamos o rechinamos los dientes. Si hacemos un poco de historia veremos que desde los comienzos, en el año 1840 el Dr. Harris en EEUU prohibió a los dentistas el uso del Mercurio. Pero como el empaste alternativo era la orificación, de altísima calidad y precio, para responder a las necesidades terapéuticas se decidió levantar esa prohibición.

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Hoy sabemos según los estudios de Pleva (1995) que una amalgama libera en media de 10 a 20 μg (microgramao) de mercurio al día, lo que corresponde a una perdida del 15% de la cantidad de mercurio de una amalgama de 10 años. Con 10 amalgamas, la cantidad de mercurio liberada es entonces de 100 a 200 μg/día. la cantidad de mercurio liberada es multiplicada por 10 si las amalgamas se acercan del oro en boca.

De todas las especies de mercurio conocidas, la más peligrosa es el metilmercurio (CH3Hg). Aunque la forma exacta en que se produce la metilación del mercurio se desconoce, se sabe que en el proceso intervienen bacterias que participan en el ciclo SO42- – S2-. Estas bacterias que, por lo tanto, contendrán metilmercurio, son consumidas por el peldaño superior de la cadena trófica, o bien lo excretarán.

En este último caso, el metilmercurio puede ser rápidamente adsorbido por el fitoplancton y de ahí pasar a los organismos superiores. Debido a que los animales acumulan metilmercurio más rápido de lo que pueden excretarlo, se produce un incremento sostenido de las concentraciones en la cadena trófica (biomagnificación).

Así, aunque las concentraciones iniciales de metilmercurio en el agua sean bajas o muy bajas, los procesos biomagnificadores acaban por convertir el metilmercurio en una amenaza real para salud humana.

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